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Enrique Morente en El Molino
10 enero 2011 – 15:43h

El último concierto de Enrique Morente fue el 23 de noviembre de 2010 en El Molino.

La tarde del 13 de diciembre de este año a punto de agotarse, la música blanca, la que encierra todos los sonidos que puedan existir: el silencio, se quedó mudo.

Cuántas cosas se dirán, se habrán escrito ya del maestro Morente. Se ensalzará su incomparable talento, su poderosa personalidad, su imaginación inagotable. Todo ello es cierto y de justo reconocimiento; pero yo tengo la irrefrenable necesidad de hablar de otra cosa, de lo esencial, que por supuesto ramificaba en su arte, pero que tenía su raíz en su alma noble, libre y generosa. Quiero hablar de lo sagrado de su aportación al mundo de los mortales, flamencos y no flamencos, que somos lo mismo. De su poderoso impulso libertario extendido desde siempre a todos los aspectos de su vida; su sentido de la ética, esa palabra sagrada en peligro de extinción, su sólido compromiso con los valores que el embrutecimiento del universo amenaza con relegar. Esa es la mayor pérdida y el mayor de los regalos que Enrique hizo a quienes tuvimos la fortuna de cruzarnos en su camino. Su religión era todo aquello que para otros es simple romanticismo.

Tientos

Su silencio eterno es un grito a la libertad; a la lucha por proteger la integridad en el arte, lo único que de verdad eleva las almas y hace tener la certeza de que un mundo mejor es posible. Después de Morente, se ensancha nuestra obligación de preservar ciertas cosas de las que él era ejemplo vivo. Es tan esperanzador que aún haya cosas que no tienen precio…

 

«Adiós Málaga»

Al día siguiente de su recital en El Molino (colaboración que le pedí para que echara el agua bendita a un proyecto que nace gracias a ese idealismo que para él era religión y para otros romanticismo), me llamó para decirme que no quería cobrar, que esa era su aportación a la hermosa y difícil peregrinación que yo había emprendido en pro del flamenco del alma.

«Si mi voz muriera en tierra» (Alegrías)

La noche del 23 de noviembre Morente cantó como si supiera que sería la última vez que lo hacía, rendido a la fragilidad de la vida. Diría que presintiendo su muerte.

«El pastor bobo»

Después de esa mágica noche, los que tuvimos la inmensa suerte de estar allí, la noble causa por la que nos regaló su arte, los idealistas y el flamenco (cuyo patrimonio, como él dijo, debía ser la humanidad y no al revés) estamos ya por siempre benditos.

«La Aurora»

La aurora de Nueva York tiene
cuatro columnas de cieno
y un huracán de negras palomas
que chapotean las aguas podridas.

La aurora de Nueva York gime
por las inmensas escaleras
buscando entre las aristas
nardos de angustia dibujada

La aurora llega y nadie la recibe en su boca
porque allí no hay mañana ni esperanza posible:
A veces las monedas en enjambres furiosos
taladran y devoran abandonados niños.

Los primeros que salen comprenden con sus huesos
que no habrá paraíso ni amores deshojados:
saben que van al cieno de números y leyes,
a los juegos sin arte, a sudores sin fruto.

La luz es sepultada por cadenas y ruidos
en impúdico reto de ciencia sin raíces.

Por los barrios hay gentes que vacilan insomnes
como recién salidas de un naufragio de sangre.

 

(«Y el silencio enmudeció« es un artículo de Mayte Martín publicado en El Periódico el 15 de diciembre de 2010)